Algo así fue lo que preguntó un tal Kike -un joven e inquieto universitario, estudiante de último curso de Ingeniería Civil, cuyas creencias encumbraban al hombre y sus capacidades, en detrimento de un Dios que no pintaba nada en su vida- a una encantadora monjita, cuya sonrisa radiante le rompió los esquemas sólo con verla. "...PERO... ¿QUÉ HACES TÚ AQUÍ?... ¿NO TE DAS CUENTA DE QUE AHÍ FUERA, EN EL MUNDO, PODRÍAS TENER TODO LO QUE QUISIERAS, CON ESA CARA, CON ESA SONRISA...?"
Ella le respondió, sin dejar de sonreír y mirándole al corazón a través de sus ojos: "... ES QUE YO YA LO TENGO TODO: TENGO A DIOS..."
El bueno de Kike se rompió: sus esquemas vitales, construidos a base de concienzudos razonamientos y criterios humanos, se vinieron abajo como un castillo de naipes soplado por una brisa fresca; la brisa de algo que él no conocía, pero que no tardó en descubrir.
Hoy, unos años más tarde, Kike es sacerdote; algunos le conocen como el Padre Francisco. Y no es un cura cualquiera...

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Atrévete. Fliparás.