EL SEÑOR DE LOZANILLOS

Ideas, testimonio, humor y reflexiones para que las piedras del camino sean escalones y no obstáculos.
Para PASARLO BIEN HACIENDO EL BIEN

jueves, 18 de octubre de 2012

Al borde del precipicio (III)

(...)

Caminaba rápidamente hacia el faro. Al irme acercando, su luz me permitía ver con mayor claridad. Lo que me había parecido una verde y limpia pradera, tenía en realidad una serie de manchas, formadas por distintos grupo de personas que fui descubriendo y observando a mi paso.

Lo primero que vi, llamó mucho mi atención: era una familia, feliz en apariencia, que descansaba junta en un sofá y atendía a lo que me pareció un televisor. No hablaban entre ellos; no se miraban. En lugar de un 'nosotros', eran uno más uno más uno más uno... Reían, lloraban, se asombraban... pero cada uno ensimismado en su propia existencia. Detrás de la pantalla, parecía asomar un halo de oscuridad. Quise acercarme, pero no hizo falta, pues fue como si la escena completa girase para mí. Me sobrecogí al ver que, detrás de aquella especie de caja con imágenes, una aterradora y desagradable presencia oscura, igual que las que había visto un rato antes, manejaba con sus manos a los irreales personajes televisivos que captaban la atención de la familia. Mientras, sus corazones se iban llenando de aquellas cosas sin sentido, en el lugar que la luz había ocupado hasta entonces.

Tuve la inquietud de hacer algo, pero comprendí que debía seguir caminando, aunque sin olvidar aquel episodio.

Ganando metros, con el paso acelerado, llegué a una casa de aspecto moderno y elegante. La puerta estaba abierta y pasé, esperando encontrarme con alguien. Se podía cortar el silencio, pero sentí que había gente dentro. No me equivoqué. Estaban allí todos los miembros de aquella misma familia. ¿Cómo podían haber llegado antes que yo?

Me acerqué a la puerta de la cocina. El padre estaba sentado, leyendo un periódico en su tableta y atendiendo de reojo a los mensajes que entraban en su teléfono, mientras tomaba un café. Una pequeña televisión, que nadie parecía mirar, ponía una barrera más entre él y su esposa, que preparaba algo de comer, al tiempo que mensajeaba con sus amigas a través de su celular. De vez en cuando, se reía sola. Ninguno de los dos advirtió mi presencia.

Subí por las escaleras y vi dos puertas entreabiertas; eran los dormitorios de sus dos hijos. La niña, de unos catorce años, acababa de salir del baño, donde se había hecho fotos frente al espejo, poniendo morritos en una actitud inconscientemente lasciva; enseguida las subía a una red social y contemplaba el resultado en la pantalla de su ordenador, mientras chateaba con sus amigas. Quería con el alma que alguien la quisiera.

En el otro cuarto estaba su hermano: otro adolescente, un par de años mayor, que compaginaba en su portátil la actividad frenética de un violento videojuego con los vistazos furtivos a una página porno, vigilando que sus padres no fueran a irrumpir en la habitación. Cada cierto tiempo, borraba el historial de visitas de su equipo, por si las moscas. Una música ensordecedora retumbaba bajo unos grandes y modernos auriculares. Quería aprender a ser un hombre, pero su padre estaba demasiado ocupado.

Al fondo del pasillo estaba el dormitorio del matrimonio. Asomé la cabeza y la mujer, en la cama, apoyada en dos grandes almohadones y mirando al infinito. Su mente no paraba de dar vueltas a mil cosas, que ahogaban los gritos su corazón; prefería no escucharlos, pues sabía que de hacerlo, demasiadas cosas tendrían que cambiar. Él llegó del baño, sudando bajo su pijama gris y sonriendo con una mueca desagradable e indiferente. Ella le miró con desprecio y se tumbó, dándole la espalda. Sin que se diese cuenta, él le hizo una infantil peineta, se metió en la cama y cogió un libro de autoayuda y liderazgo, cuya lectura vacía alternava con miradas compulsivas a su teléfono móvil.

Con un gran desasosiego, sentí que aquella familia estaba rota por dentro, aunque de cara al exterior parecía un modelo de éxito. El amor que quizás hubo algún día, se les escurrió como arena entre los dedos, por no saber amar realmente; y sus hijos, con los que ambos pretendieron haberse volcado, sólo heredaron de ellos el vacío de sus corazones, la falta de amor entre sus padres, que era lo único que anhelaban para vivir felices.

Sus heridas iban creciendo en silencio, sin que nadie las viera, anestesiadas por la placentera inmediatez de la tecnología y por las falsas amistades cibernéticas.

Tampoco allí podía hacer nada por ellos. Lloré amargamente y seguí caminando hacia el faro; no debía entretenerme.


(CONTINUARÁ...)


lunes, 15 de octubre de 2012

Al borde del precipicio (II)


(...)

Descubrí que no todo estaba perdido porque al pie del acantilado, donde las olas rompían con más rabia, había unas cuantas mujeres ayudando a salir del agua a las que habían caído. Incluso algunas se sumergían, poniendo en riesgo su propia vida, para rescatar del fondo a quienes estuvieran dispuestas a agarrar su mano. Entre ellas, me pareció distinguir a María José, a Victoria y otra vez a Esperanza.

El rasgo común de las que salían del agua, ayudadas por una mano amiga y desconocida, era su expresión: una terrible ausencia de esperanza apagaba sus rostros y sus miradas se perdían en el vacío. Habían sido víctimas de un doble engaño: el de acceder al abismo como su única salida y, una vez abajo, el sentimiento de que todo estaba perdido. 

Algunas de ellas tomaban una actitud extraña: pretendían mostrarse felices, desenfadadas, como si nada les hubiera sucedido. Y cuando recibían el ofrecimiento de ayuda, se exaltaban e insultaban a quienes pretendían hacerlo, diciéndoles que estaban perfectamente. Era muy raro, porque en mi sueño, yo veía a cada persona tal y como era: con sus heridas, con sus carencias afectivas, con sus dolores, reflejados en el cuerpo. Y esas mujeres, que decían no necesitar ayuda, estaban realmente malheridas y nadie parecía verlo. Y seguían, huyendo de la realidad, a unos mentirosos que se escondían en frías y oscuras cuevas, junto al acantilado, que les decían:

- "Tranquila, pero si no te pasa nada... tú estás perfectamente y has hecho lo que debías... ven con nosotros; estarás bien..."

Aquellos personajes tenían el corazón negro; y siempre hablaban situándose de espaldas al sol, para que nunca pudiesen ver sus verdaderos rostros, carcomidos por el odio.

Sin embargo, había otras buenas personas; unas ayudaban con su sabiduría, sus consejos, su escucha, su tiempo. Algunos hombres, vestidos de negro, les regalaban aceite para sus heridas a cambio de un poco de su dolor; y les invitaban a conocer a su Jefe, que según decían, era el mayor productor aceitero del mundo. 

Tras observar, me acerqué con cuidado, tratando de pasar inadvertido, y pude contemplar conversaciones sinceras entre mujeres, con una enorme carga emocional y llenas de misericordia. Unas ayudaban a las otras, compartiéndoles su testimonio: “... yo hace tiempo, también salté del precipicio... yo lo hice tres veces y hasta que no bajé la cabeza y acepté que estaba mal, mi vida fue un infierno... yo aún tengo pesadillas...” Era un lenguaje lleno de amor, de gratuidad, de verdad y de comprensión. Y se les invitaba a comenzar un camino de sanación, en el que curar las heridas del cuerpo y del alma; en el que perdonar y ser perdonadas. En el que aprender a amar. 

Tardaban meses, años... pero muchas de aquellas lograban regresar a la pradera. Algunas decidían convertir su vida en un servicio a las que seguían cayendo al abismo, respondiendo así a la llamada de la fecundidad; era su forma de dar vida y devolver el amor recibido, dando así sentido a su vocación esponsal. El ser para otro les devolvía a la senda de la felicidad, a una vida nueva, con esperanza e ilusión.

Regresé entonces a la pradera, muy pensativo. Había visto personas tratando de evitar las caídas al vacío. Había visto a otras atendiendo a quienes ya se habían precipitado. Pero no comprendía nada. ¿Qué sentido tenía todo aquello? ¿Qué tipo de fuerza empujaba a tantas mujeres a dar un paso tan terrible, tan absurdo, ofreciéndose como una salida y volviéndose luego en su contra, con el amargo fruto de la desesperanza? Tenía que encontrar una respuesta a mis interrogantes, consciente de que mi sueño era demasiado real y no podía terminar así.

Anochecía. Caminaba sin rumbo, absorto en mis pensamientos, cuando un fugaz destello arrebató mi atención; vi entonces un faro, enorme, a lo lejos. Su cálida luz envolvía, a su paso, todo cuanto alcanzaba a ver. 

- "Qué raro... juraría que antes no había ningún faro por aquí" -me dije-.

Sin pensarlo, me encaminé hacia él con paso decidido, presintiendo que al hacerlo, encontraría las respuestas que necesitaba.

(CONTINUARÁ...)

miércoles, 10 de octubre de 2012

Al borde del precipicio

Tuve un sueño:

Estaba en un lugar en el que un solo paso separaba la vida y la muerte. Una verde y extensa pradera, cuyo principio se perdía en el horizonte y que terminaba en un enorme precipicio. Al asomarme, vi un mar prodigioso, aparentemente infinito, con un oleaje susurrante y una aparente promesa de libertad. Pero algo mi hizo mirar con atención y lo que vi fue terrible: al fondo, en el abismo oscuro y tenebroso, yacían los cuerpos sin vida de mujeres que, engañadas, habían dado un paso sin retorno. El mar se tornaba negro y las olas parecían tener el rostro de una bestia a punto de devorar a su presa. En el ruido de las olas, se escuchaban sus lamentos.

Me volví, aturdido, y descubrí en la llanura a una mujer que caminaba hacia mí. El reflejo del sol no me dejaba ver bien su cara. Un vestido blanco hacía resaltar aún más su rojiza cabellera, que jugaba acariciada por la suave brisa. Sus manos, sobre el vientre, me hicieron intuir su incipiente embarazo.

- "Hola" -le dije, cuando llegó hasta mí- "¿Adónde vas? ¿Qué haces en este sitio?"

Su mirada, perdida y sin esperanza, contrastaba con su gran belleza, que se iba apagando a medida que se acercaba al borde del precipicio. Su pelo se volvió lacio y sin vida y su vestido parecía tornarse en un gris ceniza. No paraba de caminar, a pesar de mis palabras; me puse delante de ella, gesticulando y hablando más fuerte, para llamar su atención.

- "¡Hey, hola... pero ¿adónde vas, muchacha? ¿No ves que tienes un precipicio ahí mismo? Te vas a caer si no te detienes."

- "¿Eh? Ah, sí.. emmm... hola, perdona... ahora no te puedo atender. Tengo que hacer algo importante... bueno, no sé si quiero hacerlo. ¡Tengo que hacerlo! 

Instintivamente, di un giro a mis palabras para llamar su atención, viendo que de lo contrario se precipitaría sin remedio hacia el abismo.

- "Sí, sí, pero antes... ¿puedes ayudarme un momento a mover esa piedra de ahí? Debajo hay unas monedas que he venido a buscar para poder dar de comer a mis hijos. ¡Por favor, échame una mano; necesito tu ayuda!"

En su corazón aún había algo vivo, una chispa que la alentó a salir de sí, a llevar a cabo un acto de entrega desinteresada a una persona que acababa de conocer. Se detuvo, se me acercó y juntos caminamos hacia un enorme pedrusco, que pudimos mover con dificultad. Mientras lo hacíamos, ella recuperaba velozmente su belleza, perdida por momentos. Su rostro se iluminó cuando vio el tesoro escondido bajo la piedra: al tomar la las monedas, medio enterradas en el barro, la poca agua que había se tornó cristalina; y como un espejo, reflejó a la chica en su plenitud; y descubrió una promesa de una belleza auténtica, de algo más grande que la amaba desde siempre, tal como era y que no la juzgaba. Comprendió que que la vida era un regalo, y que estaba llamada a amar y a ser amada. Y a dar vida. También vio, reflejado en el agua, a su hijo, al que llevaba en su seno.

- "¡Gracias!" -me dijo emocionada, mientras los dos nos poníamos en pie- "si tú no llegas a estar aquí, hubiera hecho una locura. Todo y todos a mi alrededor me empujaban hacia el precipicio, el ruido no me permitía escuchar nada; en el fondo de mi corazón, yo sabía que no debía hacerlo, pero... no podía detenerme, tenía que seguir caminando, ya no sabía quién era yo. ¡Gracias, gracias!"

Me sentí confuso y muy feliz por un instante. Todo se embelleció: el sol brillaba más, el prado era más verde, la brisa más suave... Pero, ¿Qué hacía yo allí? ¿Qué lugar era aquél? Mientras recibía su abrazo, sincero y agradecido, miré a nuestro alrededor y descubrí que algunas personas, conocidas y muy queridas, estaban pasando por lo mismo que yo: vi a Esperanza, a María, a Manuel, a Lola, a Jesús, a Amelia, a Conrado, a Pilar, a Juanjo, a Alicia, a Kike... cada uno de ellos hablaba con una joven, la acercaba a una piedra y al pedirle su ayuda, sacaba de ella ese resquicio de amor, que era suficiente para salvar su vida... y la de su hijo. Me alegré.

Pero mientras esto ocurría, miles de pequeñas sombras de muerte iban oscureciendo y arrastrando a otras muchas mujeres, que caminaban aturdidas hacia un trágico final, sin que los que estábamos allí pudiéramos hacer nada, por más que corríamos hacia cada una de ellas. El mal era demasiado y nosotros, muy pocos. Muchas no tenían esa pizca de amor en su corazón, sencillamente porque nunca lo habían conocido, ni siquiera con sus padres. Me entristecí.

En mi abatimiento, algo me hizo acercarme al borde del precipicio y observar. Y descubrí que no todo estaba perdido. 

(CONTINUARÁ...)







jueves, 27 de septiembre de 2012

La Santísima Trinidad en mis brazos

En una ocasión, escuché a don Juan Antonio Reig-Plà decir que "... las familias cristianas han de tomar conciencia de ser sujetos de evangelización imprescindibles, como auténticas iglesias domésticas, para lo cual precisan ser escuelas de oración, de catequesis familiar, con presencia activa en escuela y centros educativos... La Iglesia necesita ser de nuevo un hogar de misericordia, y debe activar su acción a través de familias, colegios, parroquias... para acoger a todos los malheridos que la vida ha dejado en la cuneta..."

Sin pretender ser ejemplo de nada, reconozco que estamos viviendo el inmenso regalo de esa toma de conciencia: y es que nuestra familia, lejos de ser un chiringuito cerrado para el auto-regocijo, se está convirtiendo en una especie de imán, al que cada vez se acercan más personas, atraídas por una irresistible Belleza; y no me refiero a la de mi señora esposa -que también- ni a la de mis hijos, ni mucho menos a la mía. La Belleza de la que hablo es la de Cristo, a quien hemos abierto la puerta de casa a través de María y se ha instalado para quedarse. ¡Y vaya si tiene atractivo!

Uno de los frutos más visibles que experimentamos es que nuestra familia crece. No hemos tenido más hijos biológicos que los seis que día a día nos enamoran y unen cada vez más; pero sí que se van sumando nuevos hijos, nuevos hermanos espirituales, con quienes compartimos la fe; a través del grupo de oración, de las peregrinaciones, de la amistad, del compartir, del aprender juntos a convertirnos en don; del amar y ser amados. Como decía Juan Pablo II en un grupo de familias del Camino Neocatecumental, “... el amor desborda y va creciendo, abarcándolo todo...”.

De modo que no podemos menos que decir un enorme GRACIAS a Dios por tanto como nos regala cada día. Es verdad eso del ciento por uno; doy fe de ello.


Hace unos meses, unos catorce de esta gran familia que sigue creciendo, hicimos una peregrinación express: salimos el sábado por la mañana de Madrid, rumbo a Cantabria, para regresar el domingo por la noche. El plan consistió en estar en Garabandal un par de horas y luego llegar a un pueblecito junto a la costa, cerca de Comillas, donde unas monjitas nos darían posada la noche del sábado. Disfrutamos juntos del viaje, de los amigos, de la maravillosa naturaleza del norte de España, pero sobre todo, disfrutamos del Amor de Dios.



Y es que tuvimos el privilegio de poder vivir la Vigilia de Pentecostés de una forma muy especial: en una capilla del convento de aquellas religiosas, junto a ellas, el sacerdote y otros cuatro jóvenes; eso era todo. Pero el Espíritu Santo no necesitaba más para derramarse sobre unos afortunados y debiluchos personajes, como hace dos mil años.

Fue una celebración maravillosa; hasta mis hijos más pequeños estuvieron atentos como nunca a las lecturas, a la homilía... no sé si fue lo mucho que ésta duró, o si fue el ‘descanso en el Espíritu’ pero Jaime, el pequeñajo de cuatro años, cayó dormido en mis brazos como en la segunda parte de la prórroga. Mientras, el apasionado sacerdote, nos hablaba sobre la amistad incondicional de Jesús. Y se dirigió a Tomás, -el de siete años- que atendía interesado, para que le echara una mano con su argumentación:

“Imagínate que estás jugando un partido de fútbol. De repente, cuando vas corriendo con el balón, te hacen la zancadilla, te haces daño y te quedas en el suelo, lastimado. Tu mejor amigo, que juega en tu equipo, ve lo que ha ocurrido y... ¿qué hace? ¿pasa completamente de ti, o se acerca y te ayuda...?”

Viendo la cara de Tomás, intuí enseguida en cuál de sus amigos estaba pensando; uno muy, muy amigo, y muy futbolero, de estos a quienes pierde la pasión. Así que respondió, sin dudarlo...

“Pasaría de mí”

Las risas y la sorpresa de todos no se hicieron esperar, ante tan inesperada y segura respuesta. El sacerdote, muerto de risa por dentro, pero disimulando como podía, para no perder su argumento, insistió:

“Ya, pero... imagínate que realmente te has hecho mucho daño, te lamentas, tratas de levantarte y no puedes. Y tu amigo llega hasta tu lado con preocupación. ¿Qué haría entonces TU MEJOR AMIGO? ¿Te ayudaría o pasaría de ti...?

“Pasaría de mí...” -volvió a responder, sin pestañear.

El pobre cura no podía creerlo. El enano impertinente le estaba chafando su magnífica homilía, mientras el resto de los fieles nos partíamos de risa con la situación. Así que tuvo que pedir auxilio al hermano mayor, Álvaro, quien finalmente le sacó del apuro, haciendo entrar en razón a Tomás, que no terminaba de verlo claro.

Fue un momento desternillante, en el que todos los presentes comprobamos que Dios no sólo es Amor, sino humor.



Como pudo, prosiguió con la homilía, centrándose esta vez en la profundidad de Juan Pablo II, cuando nos decía que no sólo somos imagen y semejanza, sino también presencia de Dios. Imagen... semejanza... y presencia de Dios. ¡Casi nada!

En un momento dado, se vuelve hacia donde estoy sentado, con Jaime profundamente dormido en mis brazos, y me dice:

“Tú... ¿tú eres consciente de a quién tiene cogido en tu regazo?”

Después de cómo iba transcurriendo la homilía, podía pasar cualquier cosa. Y así fue:

“¡La Santísima Trinidad! ¡Tienes en tus brazos a la Santísima Trinidad...!”

Se hizo el silencio. Aquella afirmación nos dejó impresionados a todos; bueno, a todos menos a Jaime, que siguió durmiendo tan plácidamente. Las monjitas le miraban con ternura. Algunos, parecían comprender el misterio de la contemplación, viendo al bendito dormilón, indefenso pero confiado, débil pero seguro, descansando en la certeza de los brazos de su padre.

Somos imagen, semejanza y presencia de Dios; de un Dios que es Comunión y Solidaridad. El cura no se cansó de repetirlo. En la comunión del hombre y la mujer, que corresponde a la comunión intratinitaria de Dios, se manifiesta la imagen y semejanza. Si el ser humano es imagen y semejanza de Dios en cuanto a la llamada a ser comunión de personas, si somos semejantes a un Dios abajado y hecho carne, somos también presencia suya, templo suyo. Si  en verdad nos creemos esto... ¿Por qué no somos como Jaime y nos abandonamos en los brazos del Padre? ¿Por qué nunca terminamos de hacernos como niños?













miércoles, 16 de mayo de 2012

MEDJUJOVEN 2012

Lo que hace seis años empezó como la aventura de cuatro chalaos, se ha convertido casi en una tradición.

Desde luego que es una aventura, aunque para algunos es mucho más.

Juzga tú mismo:


miércoles, 18 de abril de 2012

80 años de amor en 1000 palabras


Desde hace unos años, cuando miraba en lontananza la llegada del 80 cumpleaños de Fanny, mi madre, imaginaba cómo celebrarlo junto a ella. Pensaba en regalarle un viaje a su Chile natal, adonde no ha ido en los últimos sesenta años. También pretendía juntar, quizás por última vez, a los cuatro hermanos. Soñaba, al menos, con poder acompañarla y compartir con ella este día grande. 

Sin embargo, cosas de la Providencia, nos toca vivir a distancia una fecha tan señalada como hoy, 18 de abril de 2012, en que cumple ochenta años. La salud, la economía y algún otro impedimento, han hecho imposible el encuentro y la fiesta. Me duele un montón, porque pretendía rendirle el homenaje que merece por sus ochenta años de amor. Pero como sé que le gusta leer las cosas que escribo (amor de madre), voy a dedicarle unas letras.


El niño que llevo dentro, ese que años atrás no comprendía tantas y tantas cosas, ese que no sabía apreciar tantas actuaciones, es quien se pone ahora delante del teclado.

Gracias, mamá, por la vida. Porque llegué a este mundo de forma inesperada y complicada, y aun así, fuiste valiente y decidida para tenerme y apostar por mí, a pesar del miedo y el desconcierto que significó para ti quedarte embarazada en aquellas circunstancias.

Gracias, mamá por tu decisión. Por renunciar a tu propia vida, a tu amor, a tus anhelos, al hombre de tu vida, a tu prestigio profesional a cambio de la peligrosa aventura de convertirte en madre soltera y sin trabajo en medio de una ciudad desconocida.

Gracias, mamá, por tu sacrificio. Por el SÍ QUIERO que implicaba decir NO a tantas cosas, a tu tiempo, a viajar, a divertirte de otra manera, a triunfar como artista... a cambio de mí.

Gracias, mamá, por tu esfuerzo. Por disfrazar un alma bohemia y de artista como la tuya en la de una mujer ordenada y disciplinada, para sacar adelante a tu hijo con horas y horas... y más horas de trabajo, que no siempre te gustaba.

Gracias, mamá, por tu tiempo. Por no limitarte a sacarme adelante en lo económico, sino dedicar tantos momentos a estar conmigo: jugando, charlando, escuchando, o sencillamente estando ahí.

Gracias, mamá, por escucharme. Por comprender que no sólo se trata de hablar, sino que para forjar a una buena persona, es indispensable escuchar.

Gracias, mamá, por tu ejemplo. Por hacer que tu silencio hablase más que tus palabras a la hora de enseñarme la diferencia entre el bien y el mal. Por ser modelo de comportamiento en quien fijarme a la hora de aprender a vivir.

Gracias, mamá, por tu sinceridad. Por haberme contado toda la verdad sobre mi origen, sobre mi vida y sobre la tuya, sin hacerte la heroína, mostrándote tal como eras y no echando culpas de nada a nadie.

Gracias, mamá, por tu “paternidad”. Por suplir de forma brillante la presencia del padre que no estaba, sabiendo aportar la fortaleza, la seguridad, para que mis carencias afectivas fueran las menos posibles.

Gracias, mamá, por mi padre. Por hablarme bien de él, a pesar de que en su ignorancia te propusiera una “solución rápida” a tu embarazo. Por enseñarme a quererle, por hacer que su imagen estuviera siempre viva a nuestro lado, por destacar siempre su bondad y sus cualidades. Por recordarme cuánto me quería. Por dar un abuelo a tus nietos.

Gracias, mamá, por tu confianza. Por darme siempre un voto de confianza, incluso cuando de joven te engañaba y lo sabías. Por no perder la esperanza en que algún día llegase a ser un buen hombre, a pesar de que a veces lo vieras muy negro.

Gracias, mamá, por la abuelita. Por tenerla siempre contigo y hacer que se convirtiera para mí en el dulce y maternal ayuda, cuando tu ausencia era inevitable. Por permitir que fuera mi refugio y mi consuelo cuando me enfadaba contigo.

Gracias, mamá, por tu educación. Por enseñarme a ser persona desde casa, en el día a día. Por mandarme al mejor colegio, a ese que no podías pagar, pero pagaste. Por mostrarme el valor del trabajo. Por animarme a trabajar desde tan joven y dejar que lo hiciera. Por respetar siempre mi libertad y recordarme que ha de ir de la mano de la responsabilidad.

Gracias, mamá, por tu generosidad. Por ayudarme también en lo material, en lo económico, cuando las cosas no han ido bien, de forma totalmente desinteresada y si pestañear.

Gracias, mamá, por el Baru. Por ese perrucho que fue mi compañero de juegos en los ratos de rebeldía adolescente, cuando me iba a la playa a correr con él.

Gracias, mamá, por mi niñez. Por hacer que yo fuera un niño tan feliz en tan complicadas circunstancias. Por las generosas meriendas a las seis de la tarde con mis amigos. Por la enorme tarta-ciudad de mi décimo cumpleaños, que te curraste a mano. Por mis ‘Baltarini’, aquellas deportivas verdes que no eran de marca pero que adoraba, y con las que corría más que nadie. Por hacer que alguien me enseñara a montar en bici, porque papá no estaba. Por enseñarme que las mejores cosas de la vida, no son cosas.

Gracias, mamá, por mis primos. Por estar siempre cerca de ellos y dejar que fueran los estupendos hermanos mayores que no tuve.

Gracias, mamá, por enseñarme enseñarme que a las personas nunca, hay que juzgarlas, sino respetarlas y quererlas, aunque nos hagan daño.

Gracias, mamá, por transmitirme la fe. Por rezar el rosario en casa cada día, ¡con las letanías en latín, uff!; porque aunque me parecía un rollo, fue semilla que luego dio fruto. Por hablarme de Dios a través de cada cosa que tu hacías. Por respetar mis decisiones equivocadas y dejar que tuviera mis propias caídas.

Gracias, mamá, por tu amor. Por convertir toda tu persona, toda tu existencia, en don gratuito para mí.

Gracias, mamá, por enseñarme a amar.

Hoy te regalo estas palabras desde lo más hondo de mi corazón, y con ellas quiero gritarte ¡GRACIAS!, orgulloso y convencido de que has sido y eres la mejor madre que nadie hubiera soñado tener.

Feliz cumpleaños. Te quiero.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Lozanillos for LIFE

La semana pasada me telefonearon pidiéndome un favor: necesitaban una familia numerosa que estuviera dispuesta a recibir en casa las cámaras de Telecinco, a fin de hacer un reportaje acerca de lo que significa ser padres en tiempos de crisis, aprovechando para preguntarnos nuestra postura sobre el aborto, a propósito de los cambios legislativos anunciados por el Ministro Gallardón y la cercanía del DÍA INTERNACIONAL DE LA VIDA, que se traducirá en unas cuarenta concentraciones en toda España.

Al día siguiente, después de hablar con el periodista por teléfono, vinieron a casa él y un cámara. En teoría, nos grabarían a Lola y a mí unos diez minutos y luego tomarían unos recursos para vestir el reportaje. Pero la cosa se animó, y estuvieron más de tres horas con nosotros. Grabaron hasta la despensa (no es una forma de hablar) y casi se quedan a cenar, ya que entre toma y toma, hablamos de casi todo. Resultaron ser un par de chavales majísimos.

Quien conoce un poco sobre cómo funciona la televisión, sabe que la manipulación informativa al servicio de la ideología es un 'arte' que se aplica a diario. Sin embargo, el reportero de Telecinco nos comentó, al despedirse de nosotros, que lo que habían grabado era totalmente "inmanipulable", porque sencillamente, era verdad y era muy bueno.

El debate se retransmitió el sábado por la noche. Y el cierre fue un vídeo de 3 minutos (no está mal, para haber grabado tres horas) sobre la familia Lozano-Pérez, que al parecer ha tenido bastante éxito entre quienes lo han visto. Mi amigo Borja me ha hecho el favor de extraerlo y pasármelo para poder compartirlo sin tener que tragarse las otras dos horas. Aderezado con una entradilla y un cierre musical, ha quedado esto; espero que te guste:







viernes, 24 de febrero de 2012

El enigma del vendedor de cupones

Las mejores anécdotas son las que se sufren en carne propia, porque de ese modo uno se puede reír de quien las padece sin faltar a la caridad. Y es que reírse de uno mismo es de las cosas más sanas que hay.


Ayer quedé con una amiga para tomar un café. Ella trabaja vendiendo cupones de la ONCE en un quiosco, y el plan era quedar allí mismo a la hora en que terminaba su turno de mañana. Iba a ser la primera vez que visitara su lugar de trabajo.

Me acerqué en guagua, pues tengo la moto estropeada, y me bajé en la parada más cercana. Eché a caminar y vi que había dos puestos, más o menos equidistantes, a unos doscientos metros el uno del otro. El de mi derecha coincidía más con las indicaciones que me tenía, así que hacia él me encaminé.

Al llegar, me asomé discretamente por el ventanuco de atención al público para descubrir que me había equivocado: allí había un tipo con barba, seguramente ciego porque tenía puestas unas gafas de sol. De manera que seguí caminando y llamé a mi amiga para confirmar que estaría en el otro quiosco.

- "¿Sí?"

- "Hola Espe, soy Rafa. Oye, de los dos puestos que hay, el tuyo es el que está frente al banco de Santander, ¿verdad?"

- "No, no, el mío es el otro: en esa calle pero más abajo, justo delante de un Kentucky... Ya estoy llegando, que es que había salido un momento".

En ese mismo instante, la vi a lo lejos. Regresaba de hacer una gestión en su oficina bancaria y se disponía a entrar por la puerta del quiosco. Deduje entonces que el puesto por el que yo había pasado era el correcto y que, seguramente, habría dejado un momento al tipo de barba para no desatender el negocio aquellos cinco minutos. Llegué hasta ella cuando acababa de entrar y pensé que estaría haciendo el "cambio de guardia" con aquel hombre.

- "¡Ya estoy aquí!"

- "¿Qué tal, hermoso? ¡Qué poco has tardado!" -me dijo-.

Miré dentro del cubículo de un metro cuadrado... ¡y sólo estaba ella!

- "Oye, ¿y el tío que estaba aquí hace un momento?"

- "¿Dónde?"

- "Aquí dentro, en tu puesto; vendiendo cupones. Cuando pasé, me asomé y había un hombre ciego... bueno, llevaba gafas de sol".

- "¡Que aquí no había nadie; que sólo entro yo...!".

- "No puede ser, pero si acabo de verlo hace un minuto..."

- "Pues no hijo, ya te digo yo que no. ¿En qué estarías tú pensando"

Espe se disponía a cerrar el quiosco y yo no dejaba de mirar, con las esperanza de comprender algo de aquel embrollo. Vi entonces que el ventanuco por el que se atiende a los clientes tiene una portezuela metálica con unas rejas. Rodeé el puesto como un perrillo que olfatea su terreno y me situé frente al ventanuco, aún incrédulo. Ella me miraba pensando que estaba chalao. Y de repente...

- "¡Noooo!"

- "¿Pero qué te pasa ahora, chico... qué te ha dao?"

- "¡Jua, jua, jua... JUA, JUA, JUA!... mira, Espe: ponte aquí, a mi lado y mira... me parece que quien va a tener que vender cupones soy yo, JUA, JUA, JUA... no me lo creo!"

Espe empezó también a reír a carcajada limpia y juntos nos dirigimos al bar, a tomar ese café. El enigma se había resuelto por fin: claro que había un tipo con barba y gafas de sol que atendía el quiosco de Esperanza mientras ella iba al banco... sólo que no era ciego; ERA YO MISMO, reflejado en la portezuela metálica de la ventanilla. No lo podíamos creer.

¡Dios, cuánto nos reímos!... todavía hoy me duele la tripa de tanto reír. Y qué sano fue para mi orgullo.

Cuaresma: ¿te atreves?

Un pasito cada día y a la vuelta hablamos...

lunes, 13 de febrero de 2012

La playa en casa

Quienes tenemos o hemos tenido hijos pequeños, sabemos que sus aventuras y su forma de ver la vida superan la imaginación del más creativo director de cine. Tenemos "guardadas" un montón de anécdotas de Lozanillos varios. Aquí va una de ellas.


Las Palmas, 1998. Un domingo cualquiera, por la mañana. Mágico momento en que te despiertas, sin despertador, para descubrir que no hay que ir a trabajar, que las niñas duermen y que aún tienes un rato para regodearte. Carlota tiene tres años, Marta uno y medio y Elena, un mes; así que es un lujo. Mmmmm... qué bien se está en la cama.
Dos minutos más tarde... ¡BOOM! Un ruido seco, repentino y desconocido, como una explosión, nos despierta.
  • “Qué raro, ¿qué habrá sido eso?” - me comenta Lola.
  • “Tranquila... el vecino de arriba, seguro; algo que se le habrá caído”.
Intentamos seguir durmiendo, pero un leve y constante zumbido es detectado el finísimo oído de mi esposa.
  • “Rafa, cariño, mira a ver, anda...”
De modo que, desganado, me levanto de la cama para cerciorarme de que todo va bien. Paso por delante de la habitación de las niñas y ¡vaya! Carlota se ha despertado y está llamando a las otras dos enanas. Se acabó el dormir. Avanzo medio atontado, tratando de ubicar la fuente del zumbido. Cuartos bien, salón en orden, baños bien, cocina... parece que viene de la cocina. Entro pero no veo nada. ¡Alto! Sí, veo agua en el suelo; mucha agua. Viene hacia mí... ¿Pero qué es esto? Viene de la solana. Entro y me encuentro la pesadilla: un chorro de agua, ancho y potente como el manguerazo de un bombero, sale de entre los azulejos de la pared.
  • “¡Lolaaa!”
Como puedo, trato de parar la fuga, pero me empapo al instante. Ni con la mano, ni con un paño ni metiendo el dedo gordo. El agua brota a lo bestia de no se sabe dónde y la inundación es inevitable. Por la rejilla de evacuación del gas, empieza a caer agua hacia el patio. Luego cae también la rejilla. Y el escándalo es sublime cuando el vecindario se despierta y comprueba que llueve sobre el tejadillo de plástico del primer piso... y la nube sale de nuestra cocina, en el cuarto B.
  • “¡Lolaaa, ven corre!
Pero antes llega Carlotilla, que contempla atónita la escena: su padre empapado y en pantalón corto (bueno, en gayumbos, pero parecían pantalones cortos)  apoyado en una pared de la que brota agua milagrosamente, mientras el agua le cubre por encima del tobillo. Un grito y un chapoteo delatan la llegada de Lola. La niña mira a su madre y se va, sin pestañear.
  • “Pero... ¡qué has hecho!” -me dice, y empieza a partirse de risa, ante lo surrealista de la situación.
  • “¡La llave de paso, corta la llave de pasooo...!
Como no la encontraba, le pedí que me relevara un momento para buscarla yo. Pero antes, me pasé por el dormitorio de las niñas para comprobar que todo iba bien, ya que el nivel del agua seguía subiendo. Me asomo a la puerta y...
Carlota había cambiado su pijama por un bañador y unos manguitos, y justo en ese momento le daba la misma equipación a Marta, diciéndole:
  • “Venga, Martita, date prisa y ponte ya el bañador y los manguitos, que la playa ha venido a casa”
Me quedé mirando sin que se dieran cuenta y se pusieron a ‘nadar’, como si aquello fuera lo más natural del mundo. Era verano, así que les dejamos pasar así toda la mañana... hasta que bajó la marea.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Cuestión de amor

Lola y yo acudimos anoche a la presentación de “Comprender y sanar la homosexualidad”,  un libro que recientemente ha estado en la picota informativa, debido a que se retiró de algunas librerías ante la acusación de que su contenido fomentaba la homofobia y atentaba contra los derechos del colectivo gay. El interés no estaba tanto en el propio libro como en la presencia en la sala de su autor, Richard Cohen, un psicoterapeuta norteamericano que vivió durante años como homosexual y que hoy, después de un duro y complicado camino de sanación personal, vive feliz junto a su esposa y sus tres hijos, dedicándose a ayudar a personas que tienen sentimientos homosexuales no deseados y que buscan recuperar su orientación sexual como varón o mujer.

Pincha aquí para saber más sobre el libro

La polémica estaba servida. Álex Rosal, el editor, comenzó su discurso agradeciendo la hospitalidad al anfitrión del evento, la Universidad San Pablo CEU, ya que otros se habían excusado a ceder sus instalaciones para un acto tan políticamente incorrecto. Explicó a continuación que el libro se había publicado en 2004, tras haber conocido de primera mano las experiencias de dos personas que vivían con dolor su atracción hacia el mismo sexo; algo que ni deseaban ni comprendían. Fue aquello lo que animó a Álex a publicarlo, con el fin de ayudar a quienes estuvieran atravesando por una situación similar, y después de comprobar que casi no existían en España obras divulgativas con este enfoque, mientras que había unas dos mil de afirmación pro-gay.

Rosal se refirió entonces a cómo, el pasado diciembre, la editorial Libros Libres y él mismo habían sido objeto de una campaña difamatoria, que atropellaba bruscamente la libertad de expresión, y que pretendía la retirada del mercado del libro de Cohen. Invitó entonces a quienes le tachaban de homófobo a leer la publicación, en la que incluso hay un capítulo dedicado a ‘curar la homofobia’.

Fue el turno entonces para Richard Cohen. El silencio se podía cortar; la expectación de los doscientos asistentes era enorme, en una sala abarrotada y deseosa de escuchar lo que aquel americano ex-gay tuviera con contar. Había de todo: terapeutas, periodistas, representantes de ONGs, curiosos, escritores, afectados, jóvenes y viejos; incluso dos monjas guadalupanas, que daban un toque pintoresco con su llamativo hábito y su sonrisa contagiosa. Empezó a hablar. Lo primero que hizo fue agradecer a Álex Rosal por su valentía, que expresó gráficamente con un gesto que todos entendimos perfectamente, haciendo alusión a “... his balls...”, aunque fue traducido como ‘agallas’. Se levantó, fue hacia él y se fundieron en un largo abrazo, rubricado por un par de besos.

Apenas dedicó unos minutos a presentarse y dar una pincelada sobre su vida; emocionado, explicó que estaba allí ‘gracias a Dios’, ya que quien fue su novio durante años había muerto por el sida. Y anticipó que lo que él hacía era una cuestión de amor; que no se trataba de “querer que la gente hiciera tal o cual cosa”, sino de querer A la gente. Dijo que prefería que fuéramos nosotros quienes le preguntáramos, y que si alguien prefería no plantear una cuestión en público, le ofrecía su tarjeta para contactar personalmente. Enseguida empezaron a levantarse manos, y las preguntas fueron cayendo poco a poco: que si el homosexual nace o se hace, que cómo fue su proceso, que cómo lo llevan sus hijos, que porqué tanta presencia mediática del lobby gay... todas eran preguntas imaginables dentro del contexto que nos reunía allí. Hasta que un joven, que teníamos justo detrás, puso el dedo en la llaga: 

- “... soy gay y le hablo desde el respeto, igual que usted lo ha hecho. Además, he estado en la Iglesia Católica, incluso he sido catequista, hasta que he comprendido lo que soy. ¿Por qué se empeña usted en curarnos? ¿Qué le hace pensar que queremos hacerlo? ¿No se podría revertir también la heterosexualidad a homosexualidad a través de su terapia?...”

A esta intervención siguió la de otro chico, también homosexual. Y luego la de otro. La tensión se hizo patente por momentos, pero Cohen seguía sonriendo y gesticulando amablemente, sin sorprenderse en absoluto por la situación. Incluso pareció alegrarse por aquellas preguntas que alguno no dudaría en calificar como provocadoras o “fuera de lugar”. Pero Richard, al principio de su intervención, había dejado claro que sabía que en la sala estaban presentes “algunos de sus hermanos gays y lesbianas”. 
  • “¡Os amo!” -les gritó- “y no dudaría en dar mi vida por cualquiera de vosotros”. 
En cualquiera de los casos, y gustara o no a los asistentes, la valiente participación pública de aquellos jóvenes y la respuesta que obtuvieron, se convirtieron en un bellísimo ejercicio de respeto, tolerancia de la buena y libertad de expresión.
Cuando terminaba el turno de preguntas, justo antes de comenzar a dar respuesta a ellas, un hombre de unos de cincuenta años se incorporó y tomó la palabra: 
  • “... me llamo Antonio. Durante treinta años he vivido como homosexual. Tengo el VIH. Así que pueden imaginar que he conocido unas cuantas cosas. Tengo amigos y familiares homosexuales y les sigo queriendo con locura; siguen siendo mis hermanos. En 2006 tuve conocimiento de unas personas que se dedicaban a lo mismo que usted. Empecé la terapia y mi vida cambió. Ahora soy capaz de mirar y hablar a un hombre como un hombre. Soy feliz. Le quiero dar las gracias por lo que hace; hay muchísima gente que lo necesita...”
Richard Cohen estuvo dando respuesta a todas las cuestiones, una por una, durante más de una hora. En todo momento centró su mensaje, más allá de síntomas o aspectos técnicos, en la clave de su terapia: EL AMOR. Nos recordó que todos, independientemente de nuestra tendencia sexual, estamos ‘hechos polvo’; que todos necesitamos amar y ser amados para poder ser felices. Y lo transmitió como una experiencia viva y vivida, sin trampa ni cartón. Recalcó varias veces que, ni con su libro ni con sus palabras, quería herir a nadie; y que si alguno conocía unas palabras mejores que las que él utilizaba para expresarse, le pedía que lo compartiera para aprender a ser mejor. 

En un momento dado, se incorporó y bajó del estrado, acercándose a los chicos homosexuales que habían preguntado. Más tensión. Se situó frente al más alto y corpulento, al que invitó a levantarse. Puso sus manos en la cara del joven -tenso como casi todos en la sala- y le empezó a acariciar, mientras le decía palabras llenas de amor, de comprensión, de afecto. Situó su mano en el corazón del chico, siguió hablando un poco más y terminó dándole un emotivo abrazo. La cara del grandullón pasó de la autodefensa a la sorpresa y de la sorpresa alivio, al punto que él mismo abrazó a Cohen, y sus ojos sostuvieron las lágrimas con dificultad, mientras asentía con la cabeza y sonreía, como gesto de aprobación. Sólo Dios y él mismo saben qué sucedió en su corazón gracias a ese abrazo fraterno, ese acto de amor desinteresado, tierno y comprensivo. 

Richard Cohen nos regaló a todos una lección de humanidad que va mucho más allá de estrategias. Nos dijo que la solución no está en políticos, ni en gobiernos de uno u otro color; ni en los medios, ni en el poder o el dinero, sino que es cuestión de Amor. Nos dijo que la solución somos nosotros, cuando nos decidimos a hacer aquello para lo que un día fuimos creados, como fruto del infinito Amor de Dios: AMAR y SER AMADOS.

Gracias, Richard. Gracias, Álex.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

El milagro navideño de un padre sin cabeza

Anoche recibimos nuestro primer regalo de Navidad. ¿Regalo? Sí, aunque creo que debería llamarlo, más bien, milagro.



Después de diez años en Madrid, estas iban a ser las primeras navidades que pasaríamos en casa, con la familia. La excusa perfecta era la boda de Nuria y Fer, de la que supimos a primeros de octubre. De modo que, saliéndome del habitual guión en blanco de nuestra vida, saqué los billetes para Lola y los niños -yo iría días más tarde-... ¡con dos meses y medio de antelación! Nunca jamás había hecho algo así con tanto tiempo; inmediatamente sentí que me estaba haciendo mayor, a la vez que pensé que en realidad no estaba mal tener algo atado por una vez en la vida.

Ayer llegó el día del viaje y les llevé al aeropuerto con tiempo de sobra, los asientos reservados y las tarjetas de embarque sacadas por internet; "... definitivamente, me hago mayor..." -pensé- pues tampoco es normal en mí llegar a ninguna parte con tanto tiempo.

Pasamos con chulería a los mostradores 'Drop Off', esos en los que sólo dejas las maletas, porque has sido buen chico y has llegado con los deberes hechos en forma de tarjetas de embarque impresas a todo color. Saludé con mi mejor sonrisa al chico que atendía, seguro de llevar encima toda la documentación necesaria para poder embarcar, incluso aquello que habitualmente olvido, como el carné de familia numerosa. Agarró las tarjetas, se colocó bien las gafas y tragando saliva, me dijo:

- "Oiga, señor: creo que aquí hay un error. Estos billetes son para viajar de Gran Canaria a Madrid, no de Madrid a Gran Canaria."

Yo le respondí, con la seguridad aplastante que me caracteriza en estos casos, sonriendo y tuteándole, para sembrar un clima más navideño y distendido:

- "No, hombre, no... míralo bien: se trata del vuelo de las 20:15 y además, los tengo desde octubre. Mira, este es el localizador, compruébalo bien, por favor".

Lo comprobó y me dijo que no había ningún error, que los billetes eran para ir de Gran Canaria a Madrid y que además, no había ningún vuelo Madrid-Las Palmas a las 20:15. Me volví un momento hacia atrás. Lola y los niños contemplaban ojipláticos la escena: o la compañía aérea había cometido un gravísimo error  o el pater familiae había metido la pata hasta el fondo. Pregunté entonces al chico, que veía en mi cara una expresión entre impotencia y mal-padre-que-deja-tirados-a-los-suyos-en-Navidad, y nos invitó a acercarnos al departamento de venta de billetes de la compañía, para ver si allí podían hacer algo.

- "Tranquilos" -les dije a los míos- "Voy ahora mismo a que nos arreglen esto, porque debe haber  un error; estos tíos son la leche..."

Una señorita me atendió amablemente, comprobó el "error" y constató lo que yo había empezado a sospechar: que al sacar los billetes, en octubre, con tanto tiempo, yo solito y sin nadie que me molestara, había sacado los billetes... ¡al revés!. Comprobó si existía la posibilidad de cambiarlos, pero era más barato sacar unos nuevos. El pequeño problema era que, dadas las fechas, cada billete nos saldría por más de cuatrocientos euros: exactamente lo que me habían costado la suma de todos cuando los saqué, dos meses y medio atrás. Pregunté, rogué, supliqué, puse la tierna cara del gato con botas de Shrek, pero nada sirvió; no sólo era un dineral que no teníamos, sino que no había billetes para esa noche, cosa que comprobé dedicando diez minutos a buscar otras posibilidades en otras compañías en uno de esos ordenadores del aeropuerto. Así que, derrotado, me di la vuelta y con el corazón 'partío', les dije:

- "Chicos: nos vamos casa".

Jaime y Tomás empezaron a llorar, diciendo: "Yo me quiero ir a Canarias con mi hermana y mis abuelooos..." Pero no había nada que hacer. Regresaríamos, resignados y alicaídos, con la cabeza llena de planes navideños que se iban desmoronando como un muñeco de nieve en plena playa. Lola me miraba con gesto de incredulidad; su expresión lo decía todo: "... Rafa, ¿dónde tienes la cabeza?..." Me sentía fatal; por un absurdo despiste, me había cargado las ilusiones de toda mi familia, tanto de los que estaban conmigo como de Carlota, los abuelos y los primos que nos esperaban en Las Palmas. ¡Qué desastre!

Me acordé, en ese momento, de la película "La vida es bella" y de cómo Roberto Benigni, en una situación terrible en el campo de concentración, hace vivir aquel drama a su hijo como un juego, como una aventura. No podía dejar que mis hijos se hundieran, debía sobreponerme y animarles, dar la vuelta a la tortilla y tratar de encontrar lo positivo de aquella absurda situación, aunque no tenía idea de cómo hacerlo. Vi entonces que Marta y Elena, por su cuenta, habían empezado a rezar en Rosario mientras todo sucedía, y cómo los pequeños habían empezado a jugar a resbalar en el suelo de mármol. La pobre Lola, bastante hacía con no 'matarme' y aguantar el tipo con una sonrisa que me ayudaba a no hundirme. Comprobé, una vez más, que tengo una familia que no merezco y que me ama tal como soy y a pesar de cómo soy.

Salíamos ya por la puerta de la terminal, dirigiéndonos hacia la furgoneta para regresar a casa. Yo iba el último, junto a Álvaro, cargando con los bultos más pesados. De repente, algo me hizo mirar a la derecha. Un joven, trajeado y con gesto serio, caminaba hacia nosotros. Me detuve por un momento, queriendo descubrir que venía a ofrecernos su ayuda. No me equivoqué. Aquel chico me miró y se dirigió a mí, diciéndome:

- "Hola, ¿son ustedes la familia que...?

- "¡Sí, sí, somos nosotros!" -le interrumpí, sin dejar que terminara la frase, intuyendo que traía con él la respuesta a las plegarias que mis chicas habían puesto en marcha un rato antes.

- "Mire" -me dijo- "me hago cargo de lo tremendo de su situación, así que vamos a tratar de hacer algo, como un especialísimo favor. Intentaremos usar los billetes de vuelta para tratar de cambiarlos por el vuelo que sale dentro de dos horas. Eso sí, le adelanto que el vuelo está repleto y que lo único que puedo ofrecerles es ponerles en lista de espera por si alguien falla. Vuelvan por aquí a las nueve y cinco y veremos si hay plazas libres. Es todo lo que puedo hacer, lo lamento."

No sé si era un supervisor de la compañía aérea, un ángel o un paje real; pero desde luego, le agradecí de corazón semejante regalo. Nos acercamos al mostrador para prepararlo todo y comprobé que el chico que nos había atendido al principio, ese al que me había dirigido con mi mejor sonrisa y mi mayor chulería, era quien se había "chivado" de nuestra complicada y patética situación y quien había tocado la tecla necesaria para agotar todas las posibilidades para no quedarnos en tierra.

Nos acercamos con todo el equipaje al fondo de la terminal, sin dejar de tener a la vista los mostradores de facturación, adonde no dejaban de llegar más y más viajeros. Nos sentamos y nos pusimos a hablar, a leer, a jugar... hasta que Marta nos propuso nuevamente rezar el Rosario. Así lo hicimos, llevando cada uno un Misterio y pidiendo que Alguien nos echara una mano para que quedasen al menos seis plazas libres en el vuelo. Fue la hora y diez minutos de espera más larga de nuestra vida.

A las nueve y tres minutos, Lola y yo nos acercamos tímidamente al mostrador, con el corazón en un puño y la esperanza en que un regalo de Navidad llegaría para nuestros hijos en forma de plazas libres de última hora.

- "Pasen por aquí y traigan el equipaje".

La cara de nuestro ángel-supervisor-de-la-guarda lo decía todo: ¡había plazas! Facturamos las maletas, agradecimos a los dos el interés y el cariño para con nosotros, les felicitamos la Navidad y los pequeños se pusieron a contarles sus planes navideños. Alguna lagrimilla llegó a saltar, a uno y otro lado de los mostradores.

Acompañé a los míos al acceso de embarque y nos despedimos entre risas nerviosas, llenos de agradecimiento al Niño Jesús por semejante regalo navideño. Viajaron, desperdigados cada uno en una zona del avión, pero viajaron. Lola consiguió que alguien le cambiara el sitio para ir junto a Jaime. Todos estuvieron bien atendidos.

Esta mañana, hablando por teléfono, Lola me confirmó mi sospecha:

- "Rafa, no te lo vas a creer: el avión iba totalmente lleno y no aparecieron ni cinco plazas, ni tres, ni siete ni nueve. Aparecieron seis, justamente seis; nuestras seis plazas. Ha sido un milagro, no me cabe duda."

Hay quien dirá ¡qué suerte! o ¡qué casualidad!. Yo creo que es más sencillo: hay Alguien ahí que nos quiere, nos ama y vela por nosotros. Y a veces nos deja llegar a situaciones límite, de las que siempre saca algo bueno. En este caso, no sólo ha sido el poder ir, sino lo que se llevan 'en la buchaca' esos chicos del personal de tierra que tanto nos ayudaron. Y es que, cuando uno da sin esperar nada a cambio, cuando uno AMA, recibe muchísimo más de lo que da; algo así como el ciento por uno. De momento, tienen nuestro agradecimiento, nuestro cariño y nuestras oraciones.

Que Dios les bendiga. Y a vosotros. FELIZ NAVIDAD

jueves, 15 de diciembre de 2011

lunes, 28 de noviembre de 2011

Adviento: presencia comenzada de DIOS mismo

(...) es decir, que el Adviento significa la presencia comenzada de Dios mismo. Por eso, nos recuerda dos cosas:


Que la presencia de Dios en el mundo ya ha comenzado, y que Él ya está presente de una manera oculta.


Que esa presencia de Dios que acaba de comenzar, aún no es total, sino que está en proceso de crecimiento y maduración (...)

Son palabras del entonces Cardenal Joseph Ratzinger. Lee AQUÍ el texto entero; merece la pena.
Mientras, te comparto un práctico regalo que acabo de recibir, para poder vivir un feliz Adviento:
Para imprimir y poner en un lugar visible...

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Que hablen de ti, aunque sea bien...


Hace unos días, charlábamos en casa acerca del misterio del mal. Tratábamos de explicar a los niños que las personas no son malas, sino que hacen cosas malas. Pero claro, resulta que los actos que llevamos a cabo nos van convirtiendo en cómo somos y en quiénes somos.

Comentamos también el hecho de que, aun en las peores personas, siempre se puede encontrar un atisbo de bondad, por pequeño que sea.

Y terminamos la conversación con un reto: tratar de dejar a un lado la crítica, el juicio, el desprecio y la indiferencia, para sustituirlas por la búsqueda de aquello que hay de bueno en cada uno, desde una mirada tan necesaria como ausente en nuestra sociedad: la del amor.

El fruto de esa tarde de sobremesa es un nuevo blog. Se llama

LO BUENO QUE HAY EN TI
(pincha para acceder)

Es posible que, algún día, seas tú el protagonista del post.

Espero que te guste… y que te sirva, como ya me está sirviendo a mí.

¡Empezamos!

viernes, 4 de noviembre de 2011

Para todos

¿Te reconoces en alguno de estos?

¿Quieres vivir un fin de semana inolvidable?

¿Sientes que necesitas cambiar algo en tu vida, pero no sabes qué ni cómo?

Quizás, entonces, esto sea para ti.

Primero, mira y escucha:


Y ahora, si quieres más información, sigue leyendo para conocer los detalles.

Pero date prisa...






miércoles, 2 de noviembre de 2011

El pelo madrón

Si de una cosa me arrepiento de mis 16 años de paternidad, es de no haber apuntado, una a una, las divertidísimas anécdotas que cada uno de nuestros hijos nos han regalado, con tanta gracia como inocencia.



La última, de Jaimote -el benjamín- hace unos días: según él, todo el mundo tiene el pelo marrón. O eso pensaba...

Estamos en el salón de casa con Ana y Camilo y de repente suelta, el enano, con su vocecilla de pito:

- "... pues todo el mundo tiene el pelo madrón (marrón)..."

Y Camilo, sabio pedagogo donde los haya, le mira con cariño y le corrige:

- "... no, Jaimito... mira: Ana sí que tiene el pelo marrón, ¿lo ves? Sin embargo, yo... ¿de qué color tengo el pelo?

A lo que Jaime, que es pequeño pero no tonto, responde:

- "... negro, tú tienes el pelo negro..."

Vuelve, entonces la cabeza hacia Lola y dice, reafirmándose en su primera teoría:

- "...¿lo ves? mi madre también tiene el pelo madrón..."

Luego, se agarra un mechón del suyo y, cada vez más convencido, exclama:

- "... ¡y mi pelo también es madrón!..."

Y claro, tenía que pasar: ¿quién era el quinto elemento en la sala? El papá de Jaimito. De modo que, me mira a los ojos... me mira la calva... vuelve a mirarme a los ojos... y afirma:

- "... pues mi padre tiene el pelo color carne..."

¡Ahí queda eso! Amor de hijo, sí señor.





jueves, 20 de octubre de 2011

Otra vez MARÍA

Hola a todos.


Después de unos meses sin escribir, vuelvo a la tarea... reemprendida con tanto afán como poco lucimiento, como diría el Dr. Gallardo, mi profe de matemáticas de 3º de BUP (uff, qué lejano suena eso...)

Y qué mejor forma de VOLVEEEER que con una receta mariana:

"CÓMO AMAR MÁS Y MEJOR A TU MADRE EN TRES PASOS"

¿Te atreves? Vamos a ello.

PASO 1.

Lee con calma este texto:


María, María, María,
ya la noche se adentra,
María, María,
y unas sombras perversas 
y hambrientas se acercan
a reírse de mí.
Me miran, me estudian, me acechan,
pero duermo tranquilo,
ya nada me inquieta
porque sé que mi madre,
mi madre María,
no se aparta de mí.
María, por siempre María,
que la tierra te cante, 
María, María,
la fiesta se alargue,
la música arranque,
que haya danzas por ti.
Son gracias, aplausos y vivas
lo que hoy sólo se escucha
por to’as las esquinas,
porque México entero
te trae serenata 
y te canta así.
María, María, María,
Dios te salve María,
María, María,
llena eres de gracia,
bendita, bendita,
bendita eres tú.
Bendita entre las mujeres 
y bendito es el fruto 
de paz de tu vientre,
el amor infinito,
la luz de la vida,
nuestro hermano, Jesús.
María, María, María,
para siempre la Virgen,
la santa valiente,
una mejor amiga,
una madre más linda
no te irás a encontrar.

Leal, poderosa, piadosa,
es así de gloriosa
nuestra reina preciosa,
por eso es que México
te trae serenata
y te canta así.
María, María, María,
viva la morenita,
la virgen bonita,
viva la mexicana,
la guadalupana, 
la reina de la paz.
La causa de nuestra alegría,
reina de la familia,
lucero del alba,
salvación de las almas,
la mística rosa,
nos confiamos a ti.
Me escucha, me mira, me entiende,
me sonríe paciente,
impróvidamente,
me regala un consejo,
me besa la frente
y me saca a vivir.
María, María, María
cuando estaba yo lejos,
María, María,
cuando andaba perdido,
en grave peligro,
tú saliste por mí.
Y ahora son tantas las cosas bonitas 
que hemos ido cruzando 
en este tren de la vida
y no sé cómo decirte,
cómo agradecerte
lo que has hecho por mí.

María...



PASO 2.

Sube bien el volumen del ordenador, dale al Play, cierra los ojos y escucha con el corazón.


PASO 3.

Ahora, vuelve a darle al PLAY y relee el PASO 1 a medida que suena la canción.


Hala, ya está.

Ahora, quien quiera... que ponga su comentario, compartiendo lo que experimentó.